Existe, por otro lado, un extremo aparentemente opuesto. Es el de "mostrar todo" y "tratar todo abiertamente". Las mujeres se muestran desnudas hasta en las tapas de las revistas. Las parejas van a programas de televisión y dicen "abiertamente" lo que supuestamente les pasa. Parece que este es un extremo beneficioso, porque por fin se saca a la superficie lo que estaba oculto. Pero veamos qué hay de fondo en todo esto.
En realidad no cambia la forma de ver la sexualidad. En los dos extremos, de fondo, está la misma idea errada acerca de la sexualidad. Los dos extremos provienen de considerar al sexo como una parte mala, morbosa y pecaminosa de la persona. Los primeros lo ocultan, los segundos lo gritan a los cuatro vientos, pero en realidad no mejora su forma de ver las cosas.
Por eso tenemos que buscar una nueva forma de ver la sexualidad, que supere todos los tabúes y que la ponga en su verdadero lugar, como una de las más altas muestras de la dignidad de la persona humana.
Para ello debemos partir por derribar el mito de que la sexualidad es siempre mala (a veces un mal necesario y placentero, pero mala al fin). La sexualidad no es mala, es buena (por tanto el sexo también es bueno). Pero para entender por qué y de qué forma es buena, tenemos que entender qué es sexualidad y qué no es sexualidad.
Lo primero que tenemos que decir es que la sexualidad es parte de toda la persona, no solamente de sus genitales. Todo lo que se hace en sexualidad no se lo hace solamente al cuerpo, se lo hace a una persona. Una caricia, una mano, el amor de los esposos puede hacer a otra persona recobrar su conciencia de ser valioso. Pero pisotear el derecho a la intimidad de una persona en lo relativo a la sexualidad es pisotear sus derechos humanos. Nunca es el contacto de un cuerpo con otro cuerpo. Siempre es el contacto de una persona con otra persona, las dos igualmente valiosas.
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